Una vorágine de
cosas destructivas, de negaciones, de pedazos escindidos de mundo, de ausencias
sin nombres, de acciones sin dueño, de recurrencias que asustan, que son
ominosas.
De reconocer la falta, de querer llenarla y no encontrar qué es lo
que se perdió. Qué búsqueda se empieza sin saber qué es lo que se busca, sin
saber que o cuando se perdió, desde cuando falta.
Una voluntad que falla, que se quiebra, que no aguanta su propio peso, un enemigo escondido
arriba de los hombros, del otro lado del espejo, atrás de los párpados.
Un nudo que no es nudo, que no es más que un pequeño embrollo, un enredo. Pero que esta ahí, y se retroalimenta. Y es tan ínfimo que es fácil barrerlo disimuladamente, esconderlo debajo de la alfombra: no es más que suciedad. O abrir la ventana y esperar que corra el viento y se lo lleve: es sólo arena. Pero conoce el camino de vuelta y siempre vuelve (un poco más sucio, un poco más fuerte). Y una espera paciente, y dedos torpes a propósito, y alimentar el nudo disimuladamente.
Una batalla constante entre vos y vos, un potencial autodestructivo inconmensurable.
Una carrera bajo la lluvia, un rayo que quiebra la noche y quiebra su cabeza, sus escudos inventados, sus mecanismos de defensa contra sí misma.
Se estremece, se sacude, parece que no va a acabar nunca.
Y entonces lluvia, efecto purgante, limpiame el alma, casi suplica.
Caminando en bajada, retornando a su centro. Se ve en una vidriera
reflejada, se sonríe. Y ya pasó...
"Sos la mina más zarpada que conozco, y por eso la más
peligrosa. Cuidate, querete, sos lo único que tiene el potencial necesario para
destruirte".
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