Mientras avanzamos en el día a día
vamos probando oportunidades, viendo de que manera ajustando las variables
podemos llegar a resultados que necesitamos o lo más cercano a ellas que nos
salga. Pocas son las veces que tenemos una certeza y una seguridad “másalládetodo”,
que nos permita hacer y deshacer sin preocupación, desenvolvernos como nos
venga en gana porque sabeos que el quid en cuestión esta fuera de discusión,
que pase lo que pase, va a ser…
Amprados por la insensatez y la
seguridad imperceptible pero ya constante invariable, fijada. Esa certeza deja
de ser variante y se convierte en el no-proceso que permite devenir todo el
resto de las dinámicas diarias. Pero en esa clase de certeza es donde la
crueldad encuentra su primer bastión. Voy, vengo, hago, omito, te quiero, te
olvido, te pido, te obligo. No nos importa, efectuamos sin moderación. Porque
hagamos lo que hagamos lo damos por hecho, es el encuadre.
A veces creo que ellos dos se manejan
de esa manera, van por la vida creyéndose destinados, valiéndose de cuanta arma
de destrucción masiva tengan a su alcance para demostrarse cuan fuertes son,
como si alguno se percatara. No me queda duda, son indestructibles. Pero, ¿A
qué precio?
Durante un tiempo se alejan, llevan
vidas separadas, sin puentes. Desayunan sin sorpresa, duermen en camas anónimas,
a veces se extrañan, pero nunca confiesan. Conocen personas nuevas, bailan
músicas ajenas. Intentan. De verdad desean. Quebrar la conexión, deshacer la
certeza. Ser lanzados al viento. Nunca más intercambiar miradas. Ser sanos. Ser
plenos.
Para cuando logran aquella
estabilidad, el Sol se alinea con la Tierra. Hay temblores cuando se encuentran.
Los caminos complotan, crean roces, y como un embudo, no les deja pelea. Caen
juntos. Creen juntos. Por una milésima, se encuentran.
Y ahí va de nuevo, es la certeza.
Efecto rebote. Aunque no lo quieran, cada vez más fuerte los golpea. Ahora se
alejan, otra vez las huelgas. Son islas. Son planetas. La próxima será un
minuto. Es probable que desaparezcan.
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