Existe una
ciudad, una ciudad de la que nadie sabe el nombre, o quizás nunca lo tuvo, o
quizás ya ni importaba. No importaba porque conocer su nombre no era requisito
para conocerla o para llegar a ella. Solo unos pocos conocen la ciudad de la
que hablo, su apariencia, sus calles; y aún incluso los asiduos visitantes no
podrían explicar por qué caminos, siguiendo cuales rutas.
En esa ciudad
nunca es de día, la noche eternizada, la luz de la luna como único satélite en
el cielo. Es la ciudad de Los Que No Duermen.
Pero no Los Que
No Duermen como actividad de dormir, de recostarse, de cerrar los ojos, de
contar ovejas, de poner el cuerpo a descansar (en lo posible) en posición
horizontal. Hablo de todos los que cierran sus ojos en el silencio de sus
habitaciones para seguir pensando y sintiendo, para despertarse en algún ese
otro lado sin pausa en su cabeza.
Los pocos que
recuerdan algo de sus viajes al raro lugar, la describen con palabras
embrolladas, como intentando desenredar una maraña de hilos, de calles, de
nombres, de caminos sin fin, avenidas, autopistas, costaneras. Cada uno camina
sin cesar por ellas, subiendo bajando, volviendo, nunca recorriendo dos veces
el mismo lugar. Hay música en cada uno y se ve avanzar cuerpos meciéndose a
ritmos distintos.
Siempre es de
noche, pero esas noches de verano en donde las estrellas brillan con más fuerza
y corre un vientito que refresca los corazones.
Nadie habla con
nadie, todos bailan caminando, todos caminan. Pero hay un detalle… las miradas furtivas entre los
caminantes dejan sus huellas, y de repente en una calle cualquiera durante el
día cotidiano se chocan con un completo extraño, y lo reconocen, y sus
encuentros los hacen temblar.