jueves, 19 de junio de 2014

insomnio

Existe una ciudad, una ciudad de la que nadie sabe el nombre, o quizás nunca lo tuvo, o quizás ya ni importaba. No importaba porque conocer su nombre no era requisito para conocerla o para llegar a ella. Solo unos pocos conocen la ciudad de la que hablo, su apariencia, sus calles; y aún incluso los asiduos visitantes no podrían explicar por qué caminos, siguiendo cuales rutas.
En esa ciudad nunca es de día, la noche eternizada, la luz de la luna como único satélite en el cielo. Es la ciudad de Los Que No Duermen.
Pero no Los Que No Duermen como actividad de dormir, de recostarse, de cerrar los ojos, de contar ovejas, de poner el cuerpo a descansar (en lo posible) en posición horizontal. Hablo de todos los que cierran sus ojos en el silencio de sus habitaciones para seguir pensando y sintiendo, para despertarse en algún ese otro lado sin pausa en su cabeza.
Los pocos que recuerdan algo de sus viajes al raro lugar, la describen con palabras embrolladas, como intentando desenredar una maraña de hilos, de calles, de nombres, de caminos sin fin, avenidas, autopistas, costaneras. Cada uno camina sin cesar por ellas, subiendo bajando, volviendo, nunca recorriendo dos veces el mismo lugar. Hay música en cada uno y se ve avanzar cuerpos meciéndose a ritmos distintos.
Siempre es de noche, pero esas noches de verano en donde las estrellas brillan con más fuerza y corre un vientito que refresca los corazones. 

Nadie habla con nadie, todos bailan caminando, todos caminan. Pero hay  un detalle… las miradas furtivas entre los caminantes dejan sus huellas, y de repente en una calle cualquiera durante el día cotidiano se chocan con un completo extraño, y lo reconocen, y sus encuentros los hacen temblar.

sábado, 7 de junio de 2014

1

Milo tiene los rulos despeinados, la sonrisa franca, los ojos inocentes. Milo te mira y confias en el, queres abrazarlo y decirle que se cuide, que no sea tan ingenuo, que la vida no trata solo de correr luciérnagas en noches de verano, o volar barriletes en tardes de otoño. Milo a veces necesita que lo sacudan y le muestren que la realidad no va solo de besos y porros.
No fue un error conocerlo, pero éramos dos seres humanos que creían en ideales distintos, que sintieron en tiempos distintos sin posibilidad de reencuentro. Algo lejano y trascendente nos une. Compartimos todo lo que nos permiten nuestras diferencias.
Milo…
Milo apoya la punta de su lengua en mi espalda baja, y me estremece. La piel se me pone de gallina, hasta la última conexión nerviosa se enciende. Aprendió rincones de mi cuerpo con el tiempo, y sabe dónde tocar para embargarme. Sube despacio y se come mi cuello, me vuelvo vulnerable. Sonríe, con esa sonrisa de quien e cree ganador de un tesoro, y aprisiona en su pupila hasta el último gramo de alma que se escapa por mis poros.

Milo es tan nene chiquito unas veces, pero entonces me hace acordar que no, que el también construye fachadas, que él también es un disfraz detrás del cual…

heladas

Le gustaba sentirse etérea. Y entonces descolgaba su sonrisa y dejaba que el frío viento de invierno la cale hasta los huesos,  formaba un copo de hielo más brillante que cualquier diamante y lo guardaba en su corazón, para enfriar todo e inundarse de blancos. Agarraba con las dos manos su taza de té y sentía el olor a rosa mosqueta entrar por sus pulmones, impregnarle el alma. Sonreía y se olvidaba.
A veces quería vivir de humos de colores, de aires puros matutinos, de aires limpios de ocasos otoñales. Le gustaban los colores fríos, los días de sol helados, los buzos largos y los abrazos caricia.
No sabía estar en un lugar ni detenerse a pensar en un tiempo, se olvidaba de aferrarse al piso y se metía para adentro.  Estaba llena de lugares desolados, minimalismo.
Lleno una botella de agua, prendió una vela y el olor a cítricos invadió todo. Subió el volumen y se dejó, un solo de saxo la envolvió y se la llevó, se le congelaron un poquito las pestañas antes de darse cuenta que el frío se le estaba escapando para afuera.

Abrió los ojos despacito, derramando una catarata de destellos y en la luz tenue del sol del otoño de las cinco de la tarde lanzo una carcajada.

miércoles, 4 de junio de 2014

de esos que mientras duran son eternos

No tenía ninguna magia ni historia disparatada. Era un poco de cotidianeidad que se confundió por un exceso y mitad en joda mitad enserio se animaron a flashar. El vivía donde siempre, trabajaba en el negocio de la familia o se drogaba, sus dos actividades diarias. Ella era amiga de una amiga de una amiga, o algo así; demasiado aburrida de la nada, de constantes que no tenían conflictos buscaba enquilombar su vida con un motivo sin motivos. Se conocieron en una salida de esas que terminan a la mañana con los tacos en la mano, la ropa y el pelo de la noche anterior pero como si los hubiera atacado un huracán, y el delineador corrido. Decidieron pasarla bien sin preguntarse demasiado, y era lógico, después de eso ella se iba a subir a un avión para irse a vivir del otro lado del mundo. Perfecto. "Es lo que busco", "yo también", sonrisa y beso intenso. No mucho más que eso. Al menos durante la primera semana. 
La segunda semana fue la de "qué rico olor que tenés". Y "qué rico olor que tenés" viene acompañado siempre de esa cosa en la panza, de los besos en puntos estratégicos del cuello, esa sonrisa mientras me abraza así no ve que estoy sonriendo, desayunarse mientras el agua del te hierve en la pava que silba rítmicamente. No tengo ganas de irme, y bueno, no te vayas, y así durante un par de días.
Una semana después ya salieron de la cueva, fueron a comer y a patinar, querían tener anécdotas, ir al cine, tomar helados, chistes y carreras, volver tan ebrios de algún bar bailando en cada semáforo que encuentren y con tantos perros callejeros como haya en el camino. También empezaron a mirarse en silencio y a cortar el momento incómodo con un beso para no decir esas palabras, porque la estamos pasando bien, ¿no? Vos ya te vas, disfrutemos de lo que queda. Obvio, sí, es la idea, vení, vamos a tocar la guitarra un poquito.
Para completar la idea de historia cliché es necesario mencionar la música. La droga. El whisky. Noches de generar recuerdos que después iban a doler, o a extrañar… básicamente. Porque el recuerdo de las noches de droga, vino y música es mucho más entretenido que las noches de droga, vino y música. 
Demás está decir que miraron películas geniales y buscaron la banda sonora y se descargaron los discos y no pudieron creer lo buena que está esta banda, cómo no la descubrimos antes. Y que cenaron y no te puedo creer! Tampoco le pongo azúcar al café.
Y a la cuarta semana se querían morir. Obvio. 
El baldazo de agua fría los sacó de la película y los devolvió a la vida real en esos quince minutos de despedida antes de que ella se fuera al aeropuerto, sola, en taxi, porque el tenia que laburar y ya no podía faltar mas.
Ella estrena vida en el primer mundo, pateando calles y haciendo lo que ama, él se separo del viejo y abrió un localcito solo. Se hablan casi todos los días, pero con el tiempo se van espaciando las conversaciones. Dejan de saludarse por el cumpleaños y no se revisan más las fotos. La música sigue. La música siempre sigue.
En una realidad paralela están juntos y felices, porque resulta que sí, iban a ser felices. Pero en la realidad de acá no hay mucho espacio para esas cursilerías y a nadie le importa lo que podría haber sido, nena, seguí moviéndote que entorpeces el tránsito