Le gustaba
sentirse etérea. Y entonces descolgaba su sonrisa y dejaba que el frío viento
de invierno la cale hasta los huesos, formaba
un copo de hielo más brillante que cualquier diamante y lo guardaba en su
corazón, para enfriar todo e inundarse de blancos. Agarraba con las dos manos
su taza de té y sentía el olor a rosa mosqueta entrar por sus pulmones,
impregnarle el alma. Sonreía y se olvidaba.
A veces quería
vivir de humos de colores, de aires puros matutinos, de aires limpios de ocasos
otoñales. Le gustaban los colores fríos, los días de sol helados, los buzos
largos y los abrazos caricia.
No sabía estar en
un lugar ni detenerse a pensar en un tiempo, se olvidaba de aferrarse al piso y
se metía para adentro. Estaba llena de
lugares desolados, minimalismo.
Lleno una botella
de agua, prendió una vela y el olor a cítricos invadió todo. Subió el volumen y
se dejó, un solo de saxo la envolvió y se la llevó, se le congelaron un poquito
las pestañas antes de darse cuenta que el frío se le estaba escapando para
afuera.
Abrió los ojos despacito, derramando una catarata de
destellos y en la luz tenue del sol del otoño de las cinco de la tarde lanzo
una carcajada.
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