sábado, 7 de junio de 2014

heladas

Le gustaba sentirse etérea. Y entonces descolgaba su sonrisa y dejaba que el frío viento de invierno la cale hasta los huesos,  formaba un copo de hielo más brillante que cualquier diamante y lo guardaba en su corazón, para enfriar todo e inundarse de blancos. Agarraba con las dos manos su taza de té y sentía el olor a rosa mosqueta entrar por sus pulmones, impregnarle el alma. Sonreía y se olvidaba.
A veces quería vivir de humos de colores, de aires puros matutinos, de aires limpios de ocasos otoñales. Le gustaban los colores fríos, los días de sol helados, los buzos largos y los abrazos caricia.
No sabía estar en un lugar ni detenerse a pensar en un tiempo, se olvidaba de aferrarse al piso y se metía para adentro.  Estaba llena de lugares desolados, minimalismo.
Lleno una botella de agua, prendió una vela y el olor a cítricos invadió todo. Subió el volumen y se dejó, un solo de saxo la envolvió y se la llevó, se le congelaron un poquito las pestañas antes de darse cuenta que el frío se le estaba escapando para afuera.

Abrió los ojos despacito, derramando una catarata de destellos y en la luz tenue del sol del otoño de las cinco de la tarde lanzo una carcajada.

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