miércoles, 4 de junio de 2014

de esos que mientras duran son eternos

No tenía ninguna magia ni historia disparatada. Era un poco de cotidianeidad que se confundió por un exceso y mitad en joda mitad enserio se animaron a flashar. El vivía donde siempre, trabajaba en el negocio de la familia o se drogaba, sus dos actividades diarias. Ella era amiga de una amiga de una amiga, o algo así; demasiado aburrida de la nada, de constantes que no tenían conflictos buscaba enquilombar su vida con un motivo sin motivos. Se conocieron en una salida de esas que terminan a la mañana con los tacos en la mano, la ropa y el pelo de la noche anterior pero como si los hubiera atacado un huracán, y el delineador corrido. Decidieron pasarla bien sin preguntarse demasiado, y era lógico, después de eso ella se iba a subir a un avión para irse a vivir del otro lado del mundo. Perfecto. "Es lo que busco", "yo también", sonrisa y beso intenso. No mucho más que eso. Al menos durante la primera semana. 
La segunda semana fue la de "qué rico olor que tenés". Y "qué rico olor que tenés" viene acompañado siempre de esa cosa en la panza, de los besos en puntos estratégicos del cuello, esa sonrisa mientras me abraza así no ve que estoy sonriendo, desayunarse mientras el agua del te hierve en la pava que silba rítmicamente. No tengo ganas de irme, y bueno, no te vayas, y así durante un par de días.
Una semana después ya salieron de la cueva, fueron a comer y a patinar, querían tener anécdotas, ir al cine, tomar helados, chistes y carreras, volver tan ebrios de algún bar bailando en cada semáforo que encuentren y con tantos perros callejeros como haya en el camino. También empezaron a mirarse en silencio y a cortar el momento incómodo con un beso para no decir esas palabras, porque la estamos pasando bien, ¿no? Vos ya te vas, disfrutemos de lo que queda. Obvio, sí, es la idea, vení, vamos a tocar la guitarra un poquito.
Para completar la idea de historia cliché es necesario mencionar la música. La droga. El whisky. Noches de generar recuerdos que después iban a doler, o a extrañar… básicamente. Porque el recuerdo de las noches de droga, vino y música es mucho más entretenido que las noches de droga, vino y música. 
Demás está decir que miraron películas geniales y buscaron la banda sonora y se descargaron los discos y no pudieron creer lo buena que está esta banda, cómo no la descubrimos antes. Y que cenaron y no te puedo creer! Tampoco le pongo azúcar al café.
Y a la cuarta semana se querían morir. Obvio. 
El baldazo de agua fría los sacó de la película y los devolvió a la vida real en esos quince minutos de despedida antes de que ella se fuera al aeropuerto, sola, en taxi, porque el tenia que laburar y ya no podía faltar mas.
Ella estrena vida en el primer mundo, pateando calles y haciendo lo que ama, él se separo del viejo y abrió un localcito solo. Se hablan casi todos los días, pero con el tiempo se van espaciando las conversaciones. Dejan de saludarse por el cumpleaños y no se revisan más las fotos. La música sigue. La música siempre sigue.
En una realidad paralela están juntos y felices, porque resulta que sí, iban a ser felices. Pero en la realidad de acá no hay mucho espacio para esas cursilerías y a nadie le importa lo que podría haber sido, nena, seguí moviéndote que entorpeces el tránsito


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