No tenía ninguna magia ni historia disparatada. Era
un poco de cotidianeidad que se confundió por un exceso y mitad en joda mitad
enserio se animaron a flashar. El vivía donde siempre, trabajaba en el negocio
de la familia o se drogaba, sus dos actividades diarias. Ella era amiga de una
amiga de una amiga, o algo así; demasiado aburrida de la nada, de constantes
que no tenían conflictos buscaba enquilombar su vida con un motivo sin motivos.
Se conocieron en una salida de esas que terminan a la mañana con los tacos en
la mano, la ropa y el pelo de la noche anterior pero como si los hubiera
atacado un huracán, y el delineador corrido. Decidieron pasarla bien sin
preguntarse demasiado, y era lógico, después de eso ella se iba a subir a un
avión para irse a vivir del otro lado del mundo. Perfecto. "Es lo que
busco", "yo también", sonrisa y beso intenso. No mucho más que
eso. Al menos durante la primera semana.
La segunda semana fue la de "qué rico olor que tenés". Y
"qué rico olor que tenés" viene acompañado siempre de esa cosa en la
panza, de los besos en puntos estratégicos del cuello, esa sonrisa mientras me
abraza así no ve que estoy sonriendo, desayunarse mientras el agua del te
hierve en la pava que silba rítmicamente. No tengo ganas de irme, y bueno, no
te vayas, y así durante un par de días.
Una semana después ya salieron de la cueva, fueron a comer y a patinar,
querían tener anécdotas, ir al cine, tomar helados, chistes y carreras, volver
tan ebrios de algún bar bailando en cada semáforo que encuentren y con tantos
perros callejeros como haya en el camino. También empezaron a mirarse en
silencio y a cortar el momento incómodo con un beso para no decir esas palabras,
porque la estamos pasando bien, ¿no? Vos ya te vas, disfrutemos de lo que
queda. Obvio, sí, es la idea, vení, vamos a tocar la guitarra un poquito.
Para completar la idea de historia cliché es necesario mencionar la
música. La droga. El whisky. Noches de generar recuerdos que después iban a
doler, o a extrañar… básicamente. Porque el recuerdo de las noches de droga,
vino y música es mucho más entretenido que las noches de droga, vino y
música.
Demás está decir que miraron películas geniales y buscaron la banda
sonora y se descargaron los discos y no pudieron creer lo buena que está esta
banda, cómo no la descubrimos antes. Y que cenaron y no te puedo creer! Tampoco
le pongo azúcar al café.
Y a la cuarta semana se querían morir. Obvio.
El baldazo de agua fría los sacó de la película y los devolvió a la vida
real en esos quince minutos de despedida antes de que ella se fuera al aeropuerto,
sola, en taxi, porque el tenia que laburar y ya no podía faltar mas.
Ella estrena vida en el primer mundo, pateando calles y haciendo lo que
ama, él se separo del viejo y abrió un localcito solo. Se hablan casi todos los
días, pero con el tiempo se van espaciando las conversaciones. Dejan de
saludarse por el cumpleaños y no se revisan más las fotos. La música sigue. La
música siempre sigue.
En una realidad paralela están juntos y felices, porque resulta que sí,
iban a ser felices. Pero en la realidad de acá no hay mucho espacio para esas
cursilerías y a nadie le importa lo que podría haber sido, nena, seguí
moviéndote que entorpeces el tránsito
No hay comentarios:
Publicar un comentario