sábado, 7 de junio de 2014

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Milo tiene los rulos despeinados, la sonrisa franca, los ojos inocentes. Milo te mira y confias en el, queres abrazarlo y decirle que se cuide, que no sea tan ingenuo, que la vida no trata solo de correr luciérnagas en noches de verano, o volar barriletes en tardes de otoño. Milo a veces necesita que lo sacudan y le muestren que la realidad no va solo de besos y porros.
No fue un error conocerlo, pero éramos dos seres humanos que creían en ideales distintos, que sintieron en tiempos distintos sin posibilidad de reencuentro. Algo lejano y trascendente nos une. Compartimos todo lo que nos permiten nuestras diferencias.
Milo…
Milo apoya la punta de su lengua en mi espalda baja, y me estremece. La piel se me pone de gallina, hasta la última conexión nerviosa se enciende. Aprendió rincones de mi cuerpo con el tiempo, y sabe dónde tocar para embargarme. Sube despacio y se come mi cuello, me vuelvo vulnerable. Sonríe, con esa sonrisa de quien e cree ganador de un tesoro, y aprisiona en su pupila hasta el último gramo de alma que se escapa por mis poros.

Milo es tan nene chiquito unas veces, pero entonces me hace acordar que no, que el también construye fachadas, que él también es un disfraz detrás del cual…

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