Milo tiene los
rulos despeinados, la sonrisa franca, los ojos inocentes. Milo te mira y
confias en el, queres abrazarlo y decirle que se cuide, que no sea tan ingenuo,
que la vida no trata solo de correr luciérnagas en noches de verano, o volar
barriletes en tardes de otoño. Milo a veces necesita que lo sacudan y le
muestren que la realidad no va solo de besos y porros.
No fue un error
conocerlo, pero éramos dos seres humanos que creían en ideales distintos, que
sintieron en tiempos distintos sin posibilidad de reencuentro. Algo lejano y
trascendente nos une. Compartimos todo lo que nos permiten nuestras
diferencias.
Milo…
Milo apoya la
punta de su lengua en mi espalda baja, y me estremece. La piel se me pone de
gallina, hasta la última conexión nerviosa se enciende. Aprendió rincones de mi
cuerpo con el tiempo, y sabe dónde tocar para embargarme. Sube despacio y se
come mi cuello, me vuelvo vulnerable. Sonríe, con esa sonrisa de quien e cree
ganador de un tesoro, y aprisiona en su pupila hasta el último gramo de alma
que se escapa por mis poros.
Milo es tan nene
chiquito unas veces, pero entonces me hace acordar que no, que el también
construye fachadas, que él también es un disfraz detrás del cual…
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