"Sos tan apretable" pienso mientras te estrujo en un abrazo y te digo "cachete" aunque se que eso te molesta a la vez que te causa cierta ternura risueña.
Me gusta masticarte las orejas, solo de vez en cuando; o que juegues a comerme los lunares sabiendo que eso me pone la piel "de gallina".
Casi automático, sonaba Cementerio Club, e indefectiblemente se que me va a hacer calor en el verano sin tus manos témpano.
Me suena la panza, quiero desayunar. Desayunarte. Sacarme las ganas de acabar con vos...
Bailas como si el viento te moviera, con esa naturalidad perezosa, casi imperceptible. Como si solo vos escucharas esa música, que viene de lejos, que no puede ser comunicada.
Mi cama y vos se llevan muy bien, llegaste a asegurarme que es el único lugar en el que podes dormir. No lo creo, pero tu insomnio no es un invitado desconocido. Me gusta el olor que queda en mi almohada cuando te vas, después de cinco intentos fallidos que terminan enredándonos un rato más entre las sabanas.
Te vas, con vos se va un 5% de los pelos del gato, resaltando en tu ropa 95% negra. Te vas, y se queda por acá tu perfume, la remera que usaste para dormir, un poco de tu risa y tu voz casi imperceptible, dando una vuelta. Te vas, me decís chau, pero a esa altura ya deje de prestarte atención, y cuando me quiero dar cuenta ya te fuiste.
Escuchas el agua hervir y te paras a armar mate, el vapor te empaña los anteojos, te reís sola y te volvés borrosa. Sos así de todos modos, la mayoría del tiempo, efímera y distante, muy poco clara.
No voy a ir a tomar una birra con vos, ni te voy a acompañar a esos eventitos que tanto te gustan. No voy a caminar con vos de la mano, ni vamos a irnos de vacaciones con tus viejos. Mamá, cínica, toma pastillas para evadirse y llena sus horas horneando tortas y haciendo jardinería; papá, busca callar su melancolía intrínseca, esa de la que veo un poco en la sombre de tus ojos, entre su trabajo que le ocupa 25 hs. al día y el sillón tallado a u medida en infinitas horas muertas frente a la pantalla. Y tu cariño, flor de su primer primavera juntos, paseas por mi departamento intentando encontrarle sentido a tu existencia, al universo, a lo que sea que sucede en tu cabeza.
Capaz, lo dejaste tirado al lado del sobretodo que te desabotone ayer cuando llegaste, en medio de la avidez por encontrar tu cuerpo, o junto a las medias negras o los zapatos que fuiste perdiendo camino a mi habitación. Capaz lo perdiste cuando te dieron tu primer beso, afixiandote la garganta y estableciendo el silencio como ley primera. Quizas no tenes idea donde esta, y lo buscas desde siempre, sin saber exactamente el qué, el cómo o dónde. Pero lo buscas en el marco de mi ventana, con tu dedo índice, dibujando cosas en lo empañado. Y jugas con las cortinas, y te meces en la hamaca paraguaya del balcón, apareciendo y desapareciendo, escondiéndote de (tus) fantasmas, hasta convertirte en uno.
Un día me dijiste que somos de una raza distinta, puede ser que sea cierto, que afuera el mundo no nos entienda, o sí y nosotros nos creemos demasiado únicos y especiales. Pero vos lo crees, que somos de una raza distinta, y por eso tus días siempre acaban conmigo, tu locura tiene mas sentido en mi mundo, o al menos la envuelve cierta belleza exótica.
O eso quiero creer, pero últimamente noto que, lamentablemente cariño, empezas a darte cuenta que este no es tu hábitat natural, y casi imperceptiblemente, estas buscando la manera de decir ...