Muy rara vez te oí hablar de ti misma. Generalmente tu voz no era sino el eco de mi propio pensamiento.
Te desvelabas con frecuencia y cuando yo nervioso incomodado encendía la luz y te miraba tú me pedías perdón con tus dos ojos verdes de animal enjaulado, te estrechabas contra mis hombros así cubierta por tus cabellos y sólo entonces te adormecías sin moverte y casi sin respirar mientras yo te volvía la espalda con los ojos empapados.
El cuerpo de Giulia-no
Jorge Eduardo Eielson
Jorge Eduardo Eielson
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