jueves, 19 de junio de 2014

insomnio

Existe una ciudad, una ciudad de la que nadie sabe el nombre, o quizás nunca lo tuvo, o quizás ya ni importaba. No importaba porque conocer su nombre no era requisito para conocerla o para llegar a ella. Solo unos pocos conocen la ciudad de la que hablo, su apariencia, sus calles; y aún incluso los asiduos visitantes no podrían explicar por qué caminos, siguiendo cuales rutas.
En esa ciudad nunca es de día, la noche eternizada, la luz de la luna como único satélite en el cielo. Es la ciudad de Los Que No Duermen.
Pero no Los Que No Duermen como actividad de dormir, de recostarse, de cerrar los ojos, de contar ovejas, de poner el cuerpo a descansar (en lo posible) en posición horizontal. Hablo de todos los que cierran sus ojos en el silencio de sus habitaciones para seguir pensando y sintiendo, para despertarse en algún ese otro lado sin pausa en su cabeza.
Los pocos que recuerdan algo de sus viajes al raro lugar, la describen con palabras embrolladas, como intentando desenredar una maraña de hilos, de calles, de nombres, de caminos sin fin, avenidas, autopistas, costaneras. Cada uno camina sin cesar por ellas, subiendo bajando, volviendo, nunca recorriendo dos veces el mismo lugar. Hay música en cada uno y se ve avanzar cuerpos meciéndose a ritmos distintos.
Siempre es de noche, pero esas noches de verano en donde las estrellas brillan con más fuerza y corre un vientito que refresca los corazones. 

Nadie habla con nadie, todos bailan caminando, todos caminan. Pero hay  un detalle… las miradas furtivas entre los caminantes dejan sus huellas, y de repente en una calle cualquiera durante el día cotidiano se chocan con un completo extraño, y lo reconocen, y sus encuentros los hacen temblar.

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