Odiaba los
balances de fin de año, pero inevitablemente los terminaba haciendo. Poniéndose
en perspectiva, pensando cómo empezó y como terminaba, que había pasado al
medio, que había aprendido o desaprendido. Pensaba sobre la vida, sobre sí
misma, sus relaciones. Salía al balcón y sentía olor a lluvia, pájaros cantando
y se veía como en una película. En esa película, se paraba en el balcón de su
casa, se prendía un porro y lloraba un poco, porque sentía que estaba entendiendo
cosas que antes no entendía, porque sentía. Y eso era raro, sentir, un año en
el que la vida le había impactado en el cuerpo, la había casi obligado a
golpearse con sus peores monstruos, porque como todo afuera era calmo, porque
como todo estaba bien podía dedicarse a ella, verse a ella, charlar y
(des)encontrarse consigo misma. Piensa que algunos días retrocedió un poco, la
misteriosa fuerza oscura la volvió a agarrar desprevenida y no sabe cómo
defenderse porque está adentro suyo, no viene de afuera. Y piensa – estoy en
armonía, tengo paz, tengo cierto equilibrio- y la fuerza oscura le dice – buuuu
soy la fuerza oscura que nace en tu no-apéndice y que domina tu conciencia,
esas rota, rota, por adentro y desde siempre, buuuu-. Y ella llora un poco, y
patalea, y siente ese dolor en el pecho como
un golpe seco sobre el esternón pero sin el golpe. Como un ataque de asma pero
sin enfermedad. Como un dolor pero sin dolor. Un contraerse los músculos y los
huesos y oprimir los órganos vitales que residen en el torso pero infantil.
Duele pero como en diferido.
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