Me senté en el
bar casi vacío. A pesar de que no había nadie y podía elegir la mesa que más me
gustara seguí derecho hasta el fondo, hasta ese micro patio que conocía casi de
memoria. El romanticismo pelotudo de los lugares conocidos, de poder sentir el
aire otoñal de una noche casi perfecta, de poder ver las estrellas y lo que
quedaba e esa luna menguante que me hacía acordar al yo que era para vos (si,
así de rebuscado, la luna me recordaba la imagen mía que tenías y de la que en
algún punto me había apropiado hasta hacerla casi un emblema).
Me senté en
silencio, prendí un cigarrillo de ese atado que acababa de comprar (mi vida
podría ser una oda a los nuevos vicios). Sonaba despacito Bob Dylan y no podía
evitar un dejo de melancolía. “No te cuesta sentir melancolía - me dirías - te
la inventas cuando te aburrís” y bueno, sí, puede que tengas razón.
Nobody feels any pain
Tonight as I stand inside the rain
Everybody knows
That Baby’s got new clothes
But lately I see her ribbons and her bows
Have fallen from her curls.
She takes just like a woman, yes, she does
She makes love just like a woman, yes, she does
And she aches just like a woman
But she breaks just like a little girl.
Tonight as I stand inside the rain
Everybody knows
That Baby’s got new clothes
But lately I see her ribbons and her bows
Have fallen from her curls.
She takes just like a woman, yes, she does
She makes love just like a woman, yes, she does
And she aches just like a woman
But she breaks just like a little girl.
Me quedé inmóvil, apoyando mi mentón en mi mano, mientras
dejaba de sentir los pies por el frío. Inevitablemente sentí un poco de
nostalgia, pero de un tiempo que sin haber sido nunca presente ya es pasado,
vos ya sabés, yo siempre tuve más de una línea de tiempo. Tenés razón, no me es
difícil sentir nostalgia, por estos días, o alguna vez. Pero ese día pude
sentir la grieta. El relieve del borde de las partes que se separaban. Podía
sentirlo en la piel, en mi cuello, en mi cabeza, pero también muy dentro mío. Y
todo se llenó de astillas. A veces era tan solo una nena, una nena que no sabía
cómo hacerse cargo de sus acciones y sus sentimientos, de sus impulsos y sus
necesidades.
No te asustes, no estoy triste, solo que a veces te extraño,
o no, no sé. No sé si es a vos, a los momentos que compartimos, al tiempo que
dejábamos pasar sabiendo que estábamos ahí. No sé. Sólo sé que llame al flaco
encargado de las mesas y le pedí un Fernet, mientras rogaba que lo preparen “a
lo camionero”, tan fuerte como fuera posible. Mientras trataba de callar esas
ganas de tomarme un whisky en tus clavículas, de comerme todos tus lunares y
esconderme bajo tus sabanas mientras creías encontrar mi alma en el fondo de
mis ojos.
Nunca llegue a enamorarme de vos, no podía, no me generaste
amor nunca (quizás otro día te cuente que “sentía”, porque es incluso más
rebuscado y sombrío que todo esto, más intrincado y oscuro, más complejo, no
exagero si digo que roza lo cínico). Eras otra cosa, un sentimiento sin nombre
pero que tenía como banderas la comodidad, la naturalidad, la cotidianeidad, el
sexo, series, porros y chocolates. Un par de metros arriba del suelo le
devolviste luz a mi cabeza con cosas sencillas, me enseñaste que esta bueno no
ser tan estructurada y te fuiste volviendo parte de mí. Nunca te exigí nada
porque no me hacía falta, nunca hubo un problema porque no era necesario,
estábamos juntos para pasarla bien, para compartir un rato, para ser una distracción
para el otro y divertirnos, sobre todo divertirnos.
Y por esa simpleza que tienen las cosas buenas, lo
prolongamos demasiado. Nunca pude nombrarlo en voz alta, ¿cómo podía entonces
terminarlo? No había nada malo, no había complicaciones ¿Cómo lo cortaba? ¿Cómo
lo ensuciaba? Y eso mismo que era su mejor virtud fue su mayor debilidad, lo
que ensucio todo (paulatinamente), lo que hizo que hoy me siente en este bar
casi vacío y pida un Fernet lo más fuerte posible. Y que brinde a tu salud
porque te extraño y no, pero consiente de que es un recuerdo y que ese es el
lugar que tiene que ocupar. Consciente de que no hay más balcones, hamacas,
desayunos y besos que compartir juntos, sino un buen recuerdo, tu sonrisa y tus
abrazos, y esa confianza compartida de viejos conocidos, de constantes que
sostienen estructuras invisibles, de ese vínculo que desdibuja la palabra
amistad para configurar algo raro pero inevitable.
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